Editoriales
Dr. Edgardo Schapachnik
Dr. Edgardo Schapachnik
Director General y Científico del FIAI
febrero de 2026

FEBRERO, CRONOPIOS, FAMAS Y DE LAS INTELIGENCIAS ARTIFICIALES

No podrá, -o quizás no pueda- el lector de CARDIOLATINA, discernir qué parte de este Editorial fue escrito con la pluma del Editor u obedece al juego de pedirle a programas de inteligencia artificial, que lo hiciera.

Andábamos sin buscarnos

pero sabiendo que andábamos

para encontrsrnod,

De RAYUELA

Julio Cortázar

No podrá, -o quizás no pueda- el lector de CARDIOLATINA, discernir qué parte de este Editorial fue escrito con la pluma del Editor u obedece al juego de pedirle a programas de inteligencia artificial, que lo hiciera.

Así, FEBRERO: EL UMBRAL ENTRE LO COTIDIANO Y LO INSÓLITO, fue propuesto por una de ellas.

Febrero es un mes breve, un suspiro en el calendario, a menudo relegado a ser el puente gris entre el ímpetu de enero y la promesa de la primavera en el París que habitó desde 1951, a sus 37 años tras obtener una beca. 

Sin embargo, en su fugacidad reside una cualidad especial: es un intersticio, un tiempo propicio para mirar de reojo la realidad y descubrir que, bajo su superficie ordenada, palpita un latido distinto. 

Es el mes que nos invita a aceptar que lo fantástico no está reñido con lo diario, sino que anida en sus pliegues.

Julio Cortázar, maestro en desvelar lo extraordinario en lo ordinario, lo expresó con perfección en su obra *Historias de cronopios y de famas*: 

**“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”** 

Esta frase, más allá de su lectura amorosa, encapsula la esencia de una búsqueda febril: la de esos destellos de asombro, conexión o significado que aguardan a la vuelta de la esquina más mundana, en el trayecto habitual, en la repetición que de pronto se quiebra. 

Cortázar enseñó que febrero, con sus días cortos y sus noches largas parisinas, puede ser el escenario perfecto para ese encuentro inesperado con lo maravilloso.

El autor, quien nos legó un universo donde los cronopios verdes bailan en la lluvia y los pasadizos secretos comunican París con Buenos Aires, partió de este mundo precisamente un **12 de febrero de 1984**. 

Un cronopio es un personaje ficticio y poético creado por su genio, que junto a los famas y las esperanzas, representa diferentes maneras de vivir la vida: los cronopios son seres imaginarios, idealistas, espontáneos, desordenados, creativos y sensibles, que viven al margen de las convenciones y disfrutan del caos y lo absurdo, a menudo descritos como «verdes y húmedos». 

Son el polo opuesto a los famas (racionales, rígidos) y un contraste con las esperanzas (pasivas), encarnando una visión lúdica y artística de la existencia.

Los cronopios son libres y poéticos: Ven el mundo con ojos de artista, encontrando belleza en el desorden y lo inesperado, viviendo en un caos creativo.

Son soñadores e Ingenuos: Actúan con idealismo, optimismo y una chispa de ingenuidad, a menudo sin preocuparse por las normas sociales o las consecuencias.

Son desordenados y anti-rutina: Odian las reglas y las estructuras, prefiriendo la espontaneidad y la aventura sobre la organización.

Son sensibles y afectuosos: Necesitan caricias, besos y afecto, y son muy demostrativos en sus relaciones.

Son asociales (en el buen sentido): Viven al margen de las cosas, a menudo comparados con poetas o artistas

Aparecen por primera vez «Historias de cronopios y de famas» (1962), inspirados por globos verdes en un concierto de Louis Armstrong.

El término es una invención de Cortázar, sin relación etimológica con el tiempo, pero se convirtió en un símbolo de la imaginación y la autenticidad.

Cortázar mismo fue llamado «El Cronopio Mayor» por sus seguidores.

En resumen, un cronopio es una forma de ser que celebra la creatividad, la espontaneidad y la vida sin ataduras, representando una filosofía de vida muy cortazariana 

Su partida física,  el 12, no hizo más que reforzar su presencia literaria. 

Cada febrero, al recordar su ausencia, celebramos su permanencia: su insistencia en que la verdadera vida está en esos detalles que desobedecen la lógica, en la magia que surge en el tren, en la oficina o en la quietud de una tarde de domingo.

Por eso, este febrero que se inicia, proponemos un ejercicio cortazariano: desautomatizar la mirada. 

Dejar que la rutina se rasgue por un instante y permitir que lo insólito asome su cabeza. 

Porque, en este mes liminar, tal vez descubramos que estamos, sin saberlo, andándonos para encontrarnos con una epifanía, con un relato propio que merece ser contado. 

El desafío está en tener el valor de verlo, de aceptar el juego. 

Como diría Cortázar, el tiempo de los cronopios es, después de todo, siempre ahora.

Febrero puede ser el Tiempo Circular de la Memoria

Febrero llega con su brevedad característica, ese mes que parece siempre incompleto, como una pausa entre la completad del resto. 

Es un mes de transiciones, de balances íntimos, de reencuentros con aquello que dejamos pendiente.

En este febrero, como en tantos otros, recordamos que un 12 de este mes, en 1984, murió en París Julio Cortázar, uno de los grandes maestros de la literatura latinoamericana. 

Aquel día, el mundo perdió a un escritor que había dedicado su vida a desmontar las certezas, a cuestionar lo cotidiano, a encontrar grietas en la realidad por donde pudiera colarse lo fantástico.

Cortázar nos enseñó que el tiempo no es esa línea recta que nos empeñamos en trazar en los calendarios. 

En sus relatos, los personajes saltan entre dimensiones, los días se repiten, las horas se estiran o se comprimen según la intensidad de lo vivido. 

Nos mostró que febrero, con sus 28 o 29 días, no es más corto que otros meses: simplemente nos invita a habitar el tiempo de otra manera, más concentrada, más esencial.

Cuarenta y un años después de su partida, sus palabras siguen resonando con una vigencia inquietante. 

En tiempos donde todo parece acelerarse, donde la inmediatez domina nuestras vidas, releer a Cortázar es un acto de resistencia poética. 

Es recordar que la literatura puede ser un puente entre lo real y lo posible, que las palabras tienen el poder de transformar nuestra percepción del mundo.

Este febrero, pues, será una buena ocasión para volver a sus páginas, para dejarnos sorprender nuevamente por sus cronopios, por sus tableros de dirección, por sus instrucciones para subir una escalera. 

Para recordar que la vida, como sus cuentos, está llena de puertas secretas esperando ser abiertas.

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